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Mis Escritos

El Papado y la Iglesia naciente
en América Latina (1808 - 1825)


Introducción.

Buscaremos hablar de una Iglesia Americana, la cual, viviendo tres siglos de su caminar terreno, bajo un Patronado de Indias, concedido al Rey de España, anhela su libertad de ese yugo, al igual que muchos americanos criollos.

Iglesia de la que se habla poco, ya que en las historias nacionales, se le representa, no como una promotora, sino como una opositora a estos deseos de independencia, sin tomar en cuenta que fueron la mayor parte de las veces, los mismos clérigos, quienes iniciaron el movimiento revolucionario.

De igual modo se verá la influencia de un iluminismo tardío y radicalizado, que no desea realación alguna con Roma y el Papado, estando éste también muy presionado por las coronas europeas, que no desean perder sus colonias americanas.

La crisis de las guerras de la Independencia.

En la labor de la independencia, la Iglesia cumplió una labor esencial. Siendo de hecho el clero lo más culto en América latina a finales del s. XVIII, su actitud era capital para la revolución. Esto explica que en un primer momento todos los gobiernos no hayan tomado medidas importantes de secularización. Pero inmediatamente se ve la falta de miembros, la desorganización, la división, el cansancio por tan exasperante activismo. Desde 1820 comenzarán las primeras medidas contra la Iglesia.

Veremos ahora lo que aconteció al principio de la lucha independentista.

En México, el obispo fr. Antonio de San Miguel (Michoacán) reunía a un grupo de economistas, legalistas que pueden incluirse entre los antecedentes de la revolución. Sin embargo, los obispos de México, Monterrey, Chiapas, Yucatán y Puebla obraron de manera indiferente o francamente contraria a la primera revolución. Sin embargo, la segunda guerra de la independencia, (gracias a la postura liberal del gobierno español de 1820), hizo inclinar el episcopado hacia el bando de los patriotas, especialmente por la acción del cango. Monteagudo (1821).

En Perú, desde 1809 comienza el movimiento de independencia. La primera sublevación tuvo lugar en Pumacagua. Dn. José Pérez y Armendáriz, (Cusco) no se opuso a los insurgentes, por lo que, aplastada la revolución, fue depuesto por Fernando VII ; los restantes obispos peruanos apoyaron a los realistas contra la independencia.

En Argentina el obispo de Buenos Aires (Lué) se mostró contrario a la Primera Junta, y sin embargo no se opuso una vez constituida, muriendo en 1812. El Obispo de Córdova se unió al movimiento contrarrevolucionario, por lo que fue desterrado en 1818 y el de Videla del Pino, fue desterrado por Belgraqno por actuar con los realistas, quedandose sin obispos.

En Uruguay no había obispado.

En Bolivia, el obispo de Charcas adoptó una posición moderada y conciliadora, y aunque recibió triunfalmente a las tropas liberadoras de Buenos Aires, fue igualmente destituido en 1816 ; mientras que el Obispo de la Paz, era convencido realista, huyendo a España en 1814.

En Chile, el Obispo de Concepción, apoya la contrarrevolución realista, y en 1815, ante el triunfo de los independentistas, huye a España.

En Ecuador, La Segunda Junta estuvo presidida por el Obispo Cuero y Caicedo ; quien igualmente presidió el Congreso Constituyente. Pero el Obispo de la Cuenca, era un convencido realista y luchó contra la independencia.

En Colombia, el Obispo de Santa Fe de Bogotá, no fue aceptado en un primer momento, y después adoptando una posición conciliadora se le dejó gobernar sus diócesis, muriendo en 1817. El Obispo de Santa Marta murió en 1813 ; el de Cartagena fue expulsado en 1812 porque no aceptó la Junta Revolucionaria.

En Venezuela, el Obispo de Caracas aceptó la independencia y sirvió de intermediario entre los revolucionarios y la Iglesia venezolana

En América Central, el Obispo de Guatemala atacó el movimiento independentista con una pastoral muy intransigente.

Como puede verse claramente, los obispos en general, habiendo sido nombrados por el sistema del Patronato, permanecieron más partidarios del rey que de los nuevos gobiernos.

Los obispos, en el periodo colonial, tenían conciencia de pertenecer a una nación, de ahí que fácilmente un obispo de México fuera nombrado en Perú, o del Río de la Plata se fuese al norte. Ahora cada Iglesia se convertía en una isla, y casi durante un siglo, no habrá más comunicación.

Ahora bien, la independencia de los Estados Unidos no había planteado ningún problema, y la de Brasil, tampoco los planteó por el hecho de que las antiguas metrópolis no habían tardado en reconocer el hecho consumado. En cambio, en el asunto hispanoamericano, los papas, que se suceden demasiado aprisa, tienen frente a sí una decena, y más tarde, una veintena, de gobiernos revolucionarios, muchas veces provisionales y un rey de España que se obstina. Fernando VII bloquea, hasta su muerte en 1833, el reconocimiento diplomático formal.

Debido al Patronato, la jerarquía eclesiástica americana es nombrada por el rey, de tal manera que el centro de la cristiandad hispanoamericana es Madrid y no Roma ; las iglesias diocesanas decapitadas tardan en volverse hacia Roma pues el canal oficial y tradicional ya no funciona.

Así pues, por un lado, Madrid, en Europa, presiona a Roma, y por otro lado los americanos esgrimen la amenaza de cisma, de la constitución civil del clero .

Entrar en el laberinto de las negociaciones con los nuevos dirigentes significaba reconocerles una legitimidad que las monarquías europeas les negaban ; significaba reconocer el principio revolucionario. Si el Papa nombraba a los candidatos de los americanos, el rey de España amenazaba con ir hasta el cisma ; si nombraba a los candidatos del rey, éstos no podrían poner el pie en sus diócesis.

En septiembre de 1821 llegó a Roma el franciscano Pacheco, enviado por el gobernador de la República de la Plata, proponiendo que se enviaran a América vicarios apostólicos revestidos de un título in partibus infidelium, no lesionando los derechos del rey de España ; propuesta que fue acogida por el cardenal Consalvi.

En Abril de 1823. Es nombrado Monseñor Muzi, para responder a las demandas del dictador O’Higgins en Chile ; así como con la misión secreta de escoger y designar a los vicarios apostólicos que ocuparían los puestos vacantes en los países del Río de la Plata y de la Gran Colombia.

La Misión de Giovanni Muzi tenía como único objetivo reanudar el lazo episcopal de la unidad con Roma. Las cartas de León XII son muy claras sobre este punto, y las instrucciones confidenciales transmitidas al vicario apostólico le dan como regla fija e invariable no embarazarse en absoluto con asuntos políticos, regulando su conducta de tal manera que todos reconozcan que la Santa Sede no ha tenido otro motivo para enviarle sino el de proveer a las necesidades espirituales.

De camino a Chile, Muzi, acompañado de un joven eclesiástico. Mastai Ferratti, el futuro Pío IX, debía detenerse en Buenos Aires. Fue muy bien recibido por la sociedad y muy mal por Bernardino Rivadavia, que miraba con malos ojos esa iniciativa romana ; y quien le instó a proseguir su camino hacia Santiago, saliendo en enero de 1824 los enviados, hacia Chile.

A su llegada, el dictador O’Higgins, había sido derrocado con dos meses de antelación, por su hombre de confianza, el cual se encontraba guerreando en el extremo sur, debiendo esperar su regreso durante varios meses. Cuando llegó Ramón Freire, su actitud fue de cortesía e inaccesibilidad ; acogedora y brutal. Empezaron a surgir murmuraciones en torno al costo de la misión (50,000 pesos) y que la actividad de los enviados era para espiar por parte de la Santa Sede.

Viendo la situación, monseñor Muzi, decide regresar a Roma, para que su presencia no avalúe las actitudes que se empezaban a tomar contra la Iglesia. Con esto, la misión terminaba aparentemente en un rotundo fracaso. En su estancia, Muzi no nombró a nadie, de tal modo que Chile se quedaba con un viejo obispo español, depuesto por el gobierno.

La misión fue el primer contacto entre la Santa Sede y las nuevas naciones, primer contacto y primer paso hacia el reconocimiento de la independencia.

Inmediatamente después del fracaso de Monseñor Muzi, la situación era poco satisfactoria desde el punto de vista eclesiástico. Las grandes guerras, las disputas políticas, las disposiciones tomadas por los nuevos gobiernos habían quebrado la regla conventual y acelerado la secularización de los religiosos, ya fomentada por la monarquía española. Esa casi ruina de las órdenes mendicantes tuvo graves repercusiones en el campo, pues acarreó la desaparición de los pequeños monasterios, que eran los únicos que se ocupaban de la población de las aldeas. Por tal razón, las misiones en tierra de indios entraron en decadencia.

Después de varios años de problemas y vicisitudes, el Papa reconoce oficialmente en 1835 la república de Nueva Granada ; y en 1836, la de México ; después, todas las demás repúblicas.

Situación de la Iglesia y el Estado Conservador

En cada país la Iglesia debe amoldarse a las exigencias de los acontecimientos concretos, y al modo de reaccionar de sus nuevos gobiernos.

En México (1824-1857), Este periodo termina con la toma del poder de los liberales (la Ley Juárez, Ley Lerdo y Ley Iglesias confiscan las tierras de la Iglesia, prohiben toda subvención del gobierno a las parroquias, el matrimonio será civil y la Iglesia Católica no es ya la religión del Estado). Allí se produce la primera gran ruptura. Los masones bien organizados desde 1825 son poco a poco el grupo esencial en la política mexicana.

En América Central, permaneció unificada en la Confederación desde 1824 hasta 1839, pero fueron muy difíciles las relaciones con la Santa Sede, por la presencia del obispo semi-cismático de San Salvador (Delgado). La confiscación de los bienes eclesiásticos se empezó a realizar en 1822.

En Colombia, la República se declaró en ejercicio del Patronato (1824), lo que permitió al Gobierno hacer lamentables abusos e intromisión permanente en los problemas eclesiásticos.

En Ecuador, el gobierno de Juan José Flores (1829-1834) y el de Rocafuerte, proclaman a la religión católica, apostólica y romana, como la oficial del Estado a exclusión de cualquier otra. Este último, sin embargo,de inspiración liberal, impulsa a la introducción del protestantismo.

En Perú, el catolicismo es la religión oficial del estado con exclusión de otra, a tal punto que en 1915, cuando grupos protestantes intentaron organizar ciertas misiones entre los indios, no pudieron hacerlo por se ello contrario a la Constitución.

En Argentina, la Reforma eclesiástica de Rivadavia (1824) produjo la casi desaparición de los religiosos. Es hasta el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852) que se realiza una unidad nacional, y trata a la Iglesia con respeto. La Constitución de 1853 proclama al catolicismo como culto de la nación argentina.

En Uruguay, la contienda entre Blancos y Colorados (1830-1852), dividió al pueblo durante tres decenios. Una vez muerto monseñor Larrañaga, sus sucesores no pudieron poner del todo remedio a la ruina que de la guerra se seguía.

En Chile, la Constitución de 1833 proclama a la religión católica como la oficial del Estado y se excluye la existencia de toda otra religión, aunque el Estado ejerce el Patronato.

Conclusión

Los acontecimientos que se suceden al principio del siglo XIX, marcan profundamente la realidad que la Iglesia tendrá que afrontar, después de los movimientos independentistas, los cuales en muchos lugares, por principio apoyará, pero que éstos al final, se le vuelven en contra.

Es de llamar la atención, el cómo el clero, en un principio, es parte de la mecha que enciende ese deseo de libertad, con respecto de la metrópoli y del Patronato, a lo cual, los laicos apoyan decididamente. Más cuando este deseo de independencia se está desarrollando, muchos caudillos dejan sus principios originales e inician una lucha personal por el poder, en donde se quieren atribuir funciones semejantes a la del rey ; así como las del Patronato de Indias, siendo lo más triste del caso, que muchas de las veces, es el mismo clérigo, quién promueve esas actitudes cismáticas, justificando su proceder con la reistauración del Patronato "local" o la promoción de una Iglesia Nacional.

Roma por su parte se verá muy presionada por parte de España, que no desea perder sus posesiones en América, para que no reconozca a los nuevos estados americanos, quedando el Papa entre la espada y la pared.

Esta situación de la Iglesia americana, se continuará , cada vez de un modo más radical ; ya que los dirigentes, influenciados por el iluminismo,no verán en la Iglesia, más que a una rival, a una enemiga de sus intereses ; por lo que buscarán realizar una "reforma" a semejanza de la realizada en el s. XVI por Lutero.

Es aquí en donde se puede observar la necesidad de que la Iglesia retome sus orígenes, buscando llevar a los más pobres y oprimidos, una palabra de aliento, ante un gobierno que no se interesa por ellos, siendo ella la defensora de aquellos que no tienen voz, y que los gobiernos de está época sólo ven como un "estorbo".

 

Bibliografía

 

MEYER, Jean., Historia de los cristianos en América Latina, siglos XIX y XX. Vuelta, México 1991.

DUSSEL, E., Historia de la Iglesia en América Latina : Coloniaje y liberación (1492-1973). Nova Terra, Barcelona 1974.

DUSSEL, E., Historia de la Iglesia en América Latina. U.S.T.A., Bogotá 1978.


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